Vicky
Cristina Barcelona
____________________________ Guillermo Ortiz López
El problema (o la bendición) del cine es
que te tiene que llevar a sitios que no conozcas, sensaciones que no
recuerdes, momentos que no has vivido. Con Vicky Cristina Barcelona,
la última película de Woody Allen es imposible no tener ciertos
prejuicios, porque la ciudad, el país, su cultura están ahí y aquí, es
decir, en mí, en mi cabeza y mis ojos y es muy complicado no comparar
y dejarse llevar sin más.
Porque hay un abismo entre la Barcelona
(o el Oviedo) que yo conozco y el que aparece en pantalla. Ahí todo el
mundo es guapo, bohemio, brillante... Recuerda a aquello de Lorenzo
Lamas en La Hora Chanante: ¿que no podrán ser menos latinos
estos chicos? Pues no. Latinos y europeos y por tanto aventureros y
pasionales y espontáneos y además con unas casas descomunales y el
Parc Güell todo el rato y Gaudí y Miró, e incluso guitarras flamencas
todo el rato —Paco de Lucía y Albéniz, manual para principiantes—.
El problema para nosotros es que no
somos principiantes, claro. Ese es el problema: que la película te
lleva a un sitio que conoces pero que te han cambiado. Eso no es
exactamente lo deseable. No es el trato. Estás todo el rato pensando
en lo que falta y lo que sobra, por lo menos hasta que te acostumbras
y entonces, ya sí, te haces a la idea de que estás en el universo
Allen de las cocktail-parties y los actores gesticulando con
los brazos como locos.
La película: buena. Extraña en lo que
tiene de relato. En ocasiones, una excusa para tres soberbias
interpretaciones —dejo aparte a Scarlett Johansson, que se empeña en
hacer siempre de Scarlett Johansson—, pero mucho mejor que lo último
que ha hecho Allen, que rozaba el desastre.
Básicamente, es una elección entre tipos
de mujeres y tipos de hombres.
Tres mujeres y dos hombres, de hecho: Vicky es cerebral y práctica, Cristina es pasional y aventurera,
aunque infantil, María Elena probablemente fuera pasional y aventurera
en su momento, pero ahora directamente es una suicida autodestructiva
(por cierto, y abundando en los tópicos, ¿por qué todos los españoles
tienen dos nombres? ¿Alguien conoce a alguien que se haga llamar por
sus amigos Maria Elena?
Entre los hombres, Bardem es sensual,
atractivo, bohemio, creativo, seductor, misterioso, imprevisible, pero
a la vez calmado. Doug es un ejecutivo de bolsa, lleno de proyectos
financieros y gran jugador de tenis y golf. Un estereotipo demasiado
plano, quizás.
Ese es otro de los problemas de Allen:
los estereotipos. Una cosa es presentar tipos de hombre o de mujer y
otra cosa es no insertar matices. En ese sentido, el personaje
verdaderamente fascinante de la historia es el de Vicky (Rebecca Hall),
que se come a Scarlett por todos lados. Diría que es mi tipo de mujer
si no fuera por mi habitual devoción real (y estética, me temo) por
las chicas pasionales y aventureras, incluso suicidas y
autodestructivas.
Capítulo aparte merecen las
interpretaciones —especialmente cuando hablan en español— de Penélope
Cruz y Javier Bardem. Probablemente estemos hablando de los dos
mejores actores de la historia del cine español. Espectaculares,
ambos, sin matices, especialmente Penélope Cruz, una actriz claramente
subestimada por sus coqueteos con Hollywood. Probablemente, parte de
ese desparpajo sea mérito de Allen, pero uno se muere de ganas de
verlos juntos de nuevo con un director de escenas menos rígidas.
Por cierto, un spoiler para todos
aquellos que oyeran que Woody Allen tuvo que enseñar a Bardem a hacer
las escenas de cama: no hay escenas de cama. Un buen par de morreos,
eso sí, y punto.
Y para los amantes de lo bizarro, el
impagable momento en el que, en una película de Woody Allen, con la
clásica musiquilla y los títulos de crédito en blanco sobre negro,
aparece «Executive Producer: Jaume Roures». Lo dicho: la realidad está
en todos lados. Tengan cuidado ahí dentro.