ALGO MÁS QUE PALABRAS

por

Víctor Corcoba Herrero

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Víctor Corcoba es un escritor que vive en Granada; licenciado en Derecho y Diplomado en Profesorado de E.G.B, tiene varios libros publicados.

 



MI PANCARTA: CONSERVA LA PAZ
Y LA PAZ TE CONSERVARÁ A TI

 

Siempre bajo el deseo de la paz y la armonía que no llega al mundo. Persistentemente escribimos sobre la concordia, cuando antes del último renglón, el desacuerdo nos alcanza, la conciliación que no responde. La cuestión es que viven por nosotros. Estamos hipotecados de por vida a no vivir en el silencio. Nos falta pureza de savia y sabiduría de alma. Sobran impurezas de religiones y cultos. Andamos escasos de justicias y rectitudes. Descuidados en el aseo de las manos limpias, de labios honestos y conciencia recta, nos visita la intranquilidad. Por ello, creo necesario persistir en la búsqueda del sosiego, sosegar las fronteras con nuestras salves de amor, sin condiciones, y acondicionar la tierra con una buena dosis de afecto. Lo sabemos, es la eterna lección de historia a través de nuestra historia humana, la suprema aspiración de toda persona, la de encontrar la paz y sentirse bien, atmósfera que no puede darse si no se acata un mínimo de sentido común y orden natural.

La paz no llega porque andamos contrarios a su lenguaje. La hemos bautizado de sucedáneos, hasta prostituir su auténtico sabor a integridad. Es cierto, todos hablamos de la paz, la tenemos en la boca, pero no pasa por el corazón. Somos voceros de la paz. Pero no crean que la paz es un amor imposible, es viable, hay que poseerla y gustarse con ella, consigo mismo, para luego sembrarla en los demás. Nadie puede dar lo que no tiene. El abecedario de las armas, y todos los países están armados hasta los dientes, no debería ser una forma de solucionar los problemas. Hoy más que nunca, siento la urgencia de ponerle remedio a tanta brutalidad que recibo a cada paso que camino. Lo han dicho, desde deportistas, (Raúl —capitán del Real Madrid—: «La mejor victoria sería vivir en un mundo sin violencia»), a millones de personas que han pedido la derrota del terrorismo.

Promover la verdad como fuerza de la paz, es un buen trabajo para encontrar el horizonte de la tranquilidad. Jamás puede calmarnos la mentira. Cuidado, a veces llega solapadamente, y nos acecha. Hemos de estar alerta, con los pies en la tierra y el corazón en el cielo, ésta es mi convicción, porque la verdad fortalece la avenencia desde dentro, y un clima de sinceridad más auténtico. No se puede impulsar cultura contra la guerra –como leo en un periódico- convocando marchas violentas. Sí se debe suscitar personas libres en una sociedad que propugna la libertad como una de sus valores superiores. Una libertad que es herida, cuando las relaciones entre las personas se abonan de odios y venganzas, sobre el derecho del más fuerte, sobre la actitud de poderes dominantes y sobre improperios navajeros. La paz no puede llegar, cuando el diálogo entre caminantes no es posible, y se pretende rubricar alianzas a golpe de talón. Resulta asombroso que todo se compre y se venda, cuando para ser más libre, lo único que hace falta es ser consciente —de verdad— de las exigencias del bien común.

La paz del mundo depende, en cierto modo y manera, del mejor conocimiento que tengamos los unos de los otros. Pienso que necesitamos promotores de paz, que vivan en esa quietud del verso más níveo, en un clima de respeto a los demás, sin distancia y con acogida, a través de un espíritu desprendido, de acercarse a los valores de las diferentes culturas. Se han perdido tantos diálogos y se han ganado tantas guerras inútiles, por falta de intercambio de ideas, que continúa siendo un absurdo cerrarse en banda, no aceptar las diferencias y especificidades de cada cual. El lenguaje del corazón es lo único que puede curarnos de egoísmos y soberbias. Mediante sus latidos, poesía pura, la persona se torna sensible a los valores eternos del bien, que tanto nos enternecen; a la justicia, que tanto nos asegura en seguridad jurídica; a la fraternidad, que tanto nos hermana en hermandad; a la paz, que tanto nos engrandece como seres humanos.

El desconcierto y barahúnda que vive el mundo actual, en parte, se debe a los desórdenes del corazón, que nos lo han robado, cuando no maltratado e injuriado, violado por violencias que nos matan la persona que llevamos dentro, la identidad de ser ciudadanos de vida. Las vicisitudes históricas nos enseñan que la cimentación de la unión en favor de la paz, no puede prescindir, pues, del arquitecto de un orden, el nativo, paraíso que nos pacifica y purifica. Propongo el cimiento del verso, con permiso del lector: ¡Bienhallados a la paz! ¡Bienhallados en la paz! ¡A la paz... y en la paz... del mundo!

 


 


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