¿Qué es erotismo en literatura?

por

Elías F. Gómez García
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¿Qué es erotismo?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul.

Probablemente todo esté dicho al respecto, pero, como dijo Borges, siempre contamos las mismas cosas; varía la manera de contarlas.

Yo añado —o parafraseo— que siempre pensamos y escribimos las mismas cosas; varían el modo, la época, la intensidad, el estilo (o su ausencia).

También como Borges (en Sobre los clásicos), creo que, a cierta edad, importan menos las coincidencias con autores ilustres, reconocidos o meramente editados que lo que uno cree verdadero; no tengo tiempo y, sobre todo, no tengo ganas de buscar opiniones acreditadas y confrontarlas con las mías, hablando por boca de ganso o según magister dixit. Me limitaré, como el maestro, a declarar lo que sobre este punto he pensado.

Erotismo, en literatura (creo), es la insinuación, mucho mejor cuanto más leve, de la posibilidad del placer sexual —que no necesariamente del coito—; por tanto, cuanto mayor sea la insinuación y más velada, más erótico es el texto; el incremento de la dosis de lo explícito produce pornografía y, con un poco de mala suerte, vulgaridad, cuando no aburrimiento; por éso los textos de Sade o Henry Miller NO son eróticos, independientemente de su valor literario, tampoco muy subido. No hablemos de las novelas «eróticas» en serie, en las que se llama al pan, pan y al vino, vino... 

Mario Vargas Llosa dejó escrito (1), creo que irrefutablemente, que la escena más erótica de Madame Bovary es el recorrido del fiacre en el que viaja Emma con Léon por las calles de Rouen (o de París, no recuerdo), en el que no se nos cuenta nada de lo que sucede dentro del carruaje, por lo que cada cual puede imaginarse lo que quiera. Eso puede ser el erotismo en literatura: proporcionar al lector un apoyo, cuanto más pequeño mejor, para provocar el afloramiento de sus propias fantasías. Cada lector se hará una idea diferente de la secuencia en el interior del fiacre, y así debe ser. Otra cosa, corre el albur de devenir en un Kama-Sutra menor, un manual de fisiología, una exploración ginecológica. Cosas todas ellas que tienen su lugar en el Universo; un lugar, empero, que no es el de la literatura erótica.

Aburre un poco, y no sólo al lector, decir otra vez que una mujer en ropa interior o a medio vestir es más excitante que una mujer desnuda —en principio—. De lo que infiero, porque me da la gana y este ensayo es mío, que hay un importantísimo factor cultural en el erotismo. Y todo lo que no es cultura es naturaleza, invirtiendo el dicho tan conocido; también aburre un poco decir que lo que resulta erótico para un «cristiano» (por entendernos) no es lo mismo que lo que resulta erótico para un musulmán o un japonés. Los pies femeninos (no menospreciados, tampoco, en nuestra cultura) son, si no recuerdo mal, fuertemente excitantes para un oriental; para un musulmán puede serlo la boca de la mujer, más que otras partes del cuerpo; de ahí el velo que la cubre, incluso en los países musulmanes más benévolos. Para un esquimal o un hombre de las tribus del Amazonas..., quién sabe.

Aun dentro de cada cultura, considerar las diferencias individuales nos llevaría demasiado lejos, y haría este ensayo —o lo que sea— demasiado prolijo.

Hay otro riesgo (que no un supuesto peligro moral) en la literatura erótica: que no se puede suscitar respuestas imaginativas en quien carece de imaginación, y hay lectores que dentro del fiacre no se imaginarán absolutamente nada, o muy poco más allá de un entrar y salir.

Para ellos, existen Penthouse, Lui y otras publicaciones parecidas; objetos periódicos que también tienen, por supuesto, su lugar en este innumerable, riquísimo, horrible y hermoso Universo cuyo origen —y sobre todo, cuya finalidad— desconocemos.

POST SCRIPTUM. Y ¿qué resulta erótico para una mujer, en literatura y, ya que estamos, en la vida, de la que la literatura es subespecie, aparte de lo obvio? Lo ignoro. Algo he leído, claro, al respecto, y algo me han contado. Pero como es natural, no conozco el tema tan bien como desde el punto de vista del individuo ibérico medio, género al que pertenezco. Y no creo que alguna de ellas se anime a declararlo; y aunque así fuere, por lo que sé (por lo poco que sé), las diferencias individuales en ellas son aún mayores que en nosotros, y me arriesgaría a decir que lo que afirme una mujer al respecto puede servir para muy pocas, y para otras muchas no. Por eso el mundo, a Dios gracias, puede resultar a veces, por su variedad, bastante menos tedioso de lo que a primera vista parece.

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(1) La orgía perpetua

 


 


 


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Revista Almiar (Madrid; España) / nº 9 / marzo 2003
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