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Hilo de Oro por Pedro M. Martínez
Tengo que reconocer que
cuando me dijeron que la casona de Escandona se había quemado
experimenté un vergonzante sentimiento de alivio. Mi tío Ramón me
llamó aquella fría tarde de finales de invierno a la universidad, para
darme la noticia: Escandona y todos sus preciosos tesoros se habían
evaporado entre el humo. Siempre tan ahorrativo con el teléfono, mi tío
me dio escasos detalles del siniestro, así que tuve que hacer algunas
llamadas a Oviedo y Unquera para conocer con más precisión las
circunstancias que habían rodeado al incendio, un desastre que encubriría
para siempre el denigrante robo que cometí en la vieja casa solariega,
ya que la biblioteca de ésta había desaparecido por completo entre las
llamas. |
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Mi tío nunca me habría
perdonado el hurto, sobre todo después del esfuerzo que le había
costado convencer a la señora Elisa, la anciana que vivía en Escandona
junto con su hermana, para que pudiera consultar los viejos libros de la
biblioteca familiar, un tesoro escondido entre aquellos centenarios
muros y que, al parecer, no había recibido visita alguna desde que
Espronceda escribió unas cartas allí durante un breve descanso cuando
iba camino de Oviedo. El viejo y querido Ramón no
tendría que avergonzarse por mi falta: ahora era yo el único que sabría
que el diario de tapas de cuero crudo no se había quemado con el resto
de aquellos inapreciables libros y manuscritos, y en los días
siguientes al suceso consolé mis remordimientos pensando que la señora
Elisa me agradecería, al menos, que se hubiera salvado uno de los
libros. Para la anciana, todo aquel papel eran recuerdos, sólo viejos y
queridos recuerdos de su padre, el marqués de Escandona, que había
cuidado con el mismo amor y respeto que el panteón familiar situado
detrás de la capilla de la mansión, único lugar que fue respetado por
el devorador incendio. Había salvado de la muerte,
sin saberlo, el diario de aquel inglés. Las casi cien páginas de recio
papel de dos gramos, algo amarillas ya por el paso del tiempo y
cubiertas de rectos renglones de bella letra de canónigo isabelino y
dibujos de redonda armonía, rotundos y morbosos, habían desfilado ante
mis ojos, una y otra vez, durante aquellos meses en que pude traducir
por completo el estremecedor diario que, de otra forma, sólo habría
conocido parcialmente, dada la inflexible negativa de Dª Elisa a prestármelo
durante un tiempo; ni siquiera la intercesión de mi tío pudo cambiar
la firme postura de la anciana señora de Escandona: ningún libro u
objeto saldría de aquella casa mientras ella pudiera impedirlo, pues la
mansión tenía que permanecer tal y como les fue legada. Que Dios me perdone, pienso
alguna vez que tengo el diario entre las manos, pues aquella última
tarde en la casa solariega, lo cambié por otro igual que me hicieron en
Cangas, aunque con las páginas interiores en blanco. La letra del siglo
pasado y algunas carencias en mi inglés, me hacían imposible la tarea
de comprender, en tan sólo dos semanas, toda la complejidad de los
escritos de John Wallcott, un médico, astrólogo, matemático y músico
de Evebury que perturbado por los misterios de la magia celta había
recalado en Asturias, después de un agitado y largo viaje por Irlanda,
Bretaña y el sudoeste de Francia. Mi tío Ramón es de corta
estatura, moreno, con cejas pobladas y muy simpático. Yo tenía que
terminar mi tesis doctoral de antropología social y había decidido
escribirla sobre mitología y supersticiones celtas en Asturias, y conocía
las leyendas que rodeaban a Escandona y la relación de amistad que tenía
mi tío con Dª Elisa desde hacía muchos años, así que le llamé
desde Madrid rogándole el favor de que intercediera ante la anciana
para que me dejara consultar su biblioteca, convencido de que entre
aquellos libros encontraría muchos datos de interés para mi tesis y de
que mi tío conseguiría lo solicitado. No fallaron mis suposiciones
pues a la semana siguiente llamó para decirme que estaba todo
arreglado, pero que había dos condiciones: no podría estar más de dos
semanas, en horario de tarde, en la mansión y bajo ningún concepto
podría sacar nada de lo que en ella había. Por supuesto, acepté
entusiasmado. Ocho días después, cuando
el verano vivía entre sombrías tormentas sus últimos coletazos sobre
las verdinegras cumbres del Cuera, mi tío me acompañó hasta
Escandona. El portalón estaba entornado y lo franqueamos entrando en un
marchito jardín de corte versallesco, que en otro tiempo debió de
recibir a los visitantes con rumorosas fuentes y cuidados senderos de
gravilla. Las ventanas que pude ver de la vieja casa solariega estaban
cerradas, y un leve aroma de descomposición vegetal inundaba los
descuidados setos: Me sentía ávido de que
pasaran pronto las necesarias formalidades, para poder comenzar mi
trabajo entre los libros de la biblioteca menos conocida del oriente
asturiano, así que no presté demasiada atención a los abandonados
macizos de hortensias, las secas fuentes llenas de maleza y los
parterres sin segar, cosas que no pasó por alto, sin embargo, mi tío,
«qué lástima, Pepín, qué lástima... con lo que fue esta casa en sus
buenos tiempos y ahora dejada a la buena de Dios», en una especie de
premonición del amargo destino que le esperaba a Escandona, cuya puerta
comenzó, al fin, a abrirse lentamente acompañada de un lamento de
goznes mal engrasados. La señora Dª Elisa tenía
la piel muy blanca, casi tanto como el pelo que quería formar un moño
detrás de la cabeza, y unos ojos azules que me miraron inquisitivos.
Afortunadamente, mi tío logró que me recordara, más bien que
recordara a mi padre, y el examen no se prolongó demasiado. Entramos en
el enorme recibidor de la casa, y durante unos minutos volví a recibir
las instrucciones ya conocidas, aunque la señora pareció dirigirse
siempre a Ramón cosa que me habría molestado en cualquier otra
circunstancia. Mi tío, por fin, se despidió de nosotros y prometió
volver a buscarme antes del anochecer.
Ya a solas, Dª Elisa me pidió
que la siguiera y después de subir por una oscura escalera de piedra, a
la que accedimos desde una puerta lateral del recibidor, llegamos hasta
uno de los corredores del primer piso del caserón. La tercera puerta,
cerrada con dos vueltas de llave, era la biblioteca. No recuerdo si di las gracias
a la señora antes de que cerrara la puerta a mis espaldas, pues quedé
aturdido ante la visión de aquella tierra prometida: la biblioteca era
un gran salón tapizado hasta el techo de estanterías de madera de
castaño atestadas de libros de formas y colores dispares, iluminados
suavemente por la luz de dos grandes ventanas situadas a ambos lados de
la puerta de entrada, ahora con sus espesas cortinas recogidas; tal era
el silencio en aquella habitación que creí escuchar los latidos de mi
corazón. Durante dos días hice
inventario de los libros y manuscritos, con fruición. Allí estaban,
entre muchos otros, La Bruxa,
de Noriega, y Las siete cuevas del
Zorzal, el libro de Quirós sobre la Inquisición en Asturias; ¿por
dónde empezar? Al tercer día comprendí que tenía que seleccionar
cuidadosamente entre aquellas maravillas pues el tiempo corría y las
tardes, cada vez más cortas, estrecharían mi trabajo. No sé como,
pero conseguí que la señora me dejara estar un par de horas más aquel
día, para lo cual me suministró una lámpara de gas ya que la habitación
tenía la instalación eléctrica estropeada. Me explicó cómo
encenderla, y pronto el haz de luz blancuzca de la linterna fue
iluminando los volúmenes de las baldas de una de las paredes de la
habitación, haciendo que fulgurara durante un instante algo entre
ellos. Volví a dirigir la luz hacia el punto que había brillado y me
acerqué hasta él: allí estaba el diario de Wallcott, hasta unos
momentos antes intranscendente a la vista entre los otros libros, pero
refulgiendo ahora a la luz del farol por el resplandor de las iniciales
de su autor grabadas con plata en el lomo. Ahora sé que el diario me
llamó aquella tarde. Las primeras páginas me desalentaron al ver, como
ya he comentado, que estaban en inglés, pero pronto vi los dibujos.
Diseñados en esquema al carboncillo y luego coloreados con
minuciosidad, representaban símbolos, un paisaje con árboles y un
pequeño estanque, que se repetía desde distintas perspectivas, y
decenas de pequeños retratos, algunos inacabados, de una bellísima
mujer de largos y dorados cabellos, algunas veces sujetos a su cabeza
por una fina cinta o diadema. Las anotaciones en algunos de los dibujos
no dejaban lugar a la duda: aquel inglés había recogido con
extraordinaria precisión y detalle el mito de una xana. El descubrimiento hizo que el
corazón se me acelerara y apareciera un nudo en la boca de mi estómago.
Poco antes de que Dª Elisa entrara de nuevo en la biblioteca, impertérrita
detrás de sus ojos azules, y me dijera que debía de marcharme, había
contado ya cinco extraños símbolos completamente desconocidos y cinco
letanías o conjuros escritas probablemente en gaélico; Wallcott había
escarbado hasta lo más profundo del mito, y durante decenas de años
sus descubrimientos me habían estado esperando. Dª Elisa no consintió que
prolongara mis tardes en ninguna otra ocasión y el tiempo corrió
inmisericorde entre los muros de Escandona. El diario era de difícil
comprensión en muchos de sus pasajes y pasé varios días repasando
notas y llamando a Madrid por las mañanas, para que me ayudaran en la
traducción de las frases más complejas y poco a poco el relato de
Wallcott se fue haciendo más claro: el inglés llevaba viajando cerca
de dos años recogiendo tradiciones célticas por razones que no
explicaba, aunque en la primera mitad de sus escritos había una
inquietud especial por la mecánica celeste; en la segunda parte, sin
embargo, se alejaba completamente de dicha preocupación, a raíz del
encuentro con una bruxa en
Vidiago, cerca del ídolo de Peña Tú, que le dirigió hacia Escandona.
Desde ese momento, el médico inglés se centraba en el personaje de la
xana. Una semana después de
consumado el indigno acto de llevarme el manuscrito, estaba
completamente decidido: iría al sitio dibujado por el inglés en cuanto
me tradujeran los cinco conjuros. Recordé a la anciana despidiéndose
de mí, distante, casi educada, sin percatarse de como me quemaba el
cuero de las tapas del manuscrito sobre la piel del costado, mientras
contemplaba la cordillera del Cuera ahora transparente después de la
violenta tormenta que durante una hora había cubierto sus cumbres de
rayos espectaculares. Dª Elisa no recordaba nada sobre el inglés, pero
en el archivo de El Oriente de Asturias había encontrado una referencia
al viejo marqués en donde se citaba que éste "como prócer de las
artes y ciencias que era" acogía y distinguía a sus huéspedes
con el mejor interés y la mayor cortesía; una serie de nombres de
distinguidos visitantes se contenían en la reseña y, entre ellos, la
referencia a un ilustre extranjero que había enfermado gravemente
durante su estancia en la mansión, teniendo que ser trasladado a
Oviedo; no tuve ninguna duda: aquél forastero tuvo que ser Wallcott. Todo cuadraba ahora. El
diario se mostraba ante mí transparente y mágico, pero al mismo tiempo
temible, sobre todo por sus últimas páginas, temblorosas, confusas,
fruto de una mente desquiciada por sueños aterradores que las dejó
inconclusas de repente: el médico inglés había ido demasiado lejos en
su obsesión, pensaba entonces, y seguramente perdido el juicio mientras
vagaba por aquellos oscuros valles buscando la utopía de la xana; ¿habría
muerto en Oviedo?; ¿fue la experiencia que narraba la que produjo su
enfermedad?; y, entonces, ¿por qué quería yo ahora repetir sus pasos? Esta última pregunta me
asolaba noche y día; hasta mi tío se había dado cuenta y me visitaba
con frecuencia en la casa de mis padres, en Andrin, procurando que
dejara por un momento la lectura. Ramón no sabía de la belleza temible
de aquellas páginas y achacaba mi estado al nerviosismo típico del
estudiante que está a punto de examinarse, así que me convidaba a
sidra, a cenar o a pasear con él por la Playa de la Boriza o el Paseo
de San Pedro, con la esperanza de que aquellas distracciones me
devolvieran el sosiego; pobre y querido tío, ahora te echo de menos en
Madrid. El timbre de la bicicleta de Juanón interrumpió mis pensamientos poco antes de que se detuviera ante mí, justo a la entrada del pueblo. El sobre que me tendió me pareció un salvoconducto en tiempos de guerra: la traducción del último misterio del diario, había llegado. Me despedí a toda prisa del cartero y casi sin saludar a mi madre, me encerré en mi cuarto para abrir febrilmente el sobre. La bruxa
de Vidiago había sido la clave. Ella había enseñado a Wallcott
como romper el encantamiento de una xana, utilizando claves que provenían,
quizás, de los tiempos en que la diosa Diana reinaba todavía sobre los
mortales. La traducción le había costado mucho a mi amigo Llamazares,
pues el gaélico con el que había lidiado era harto difícil según me
decía en su carta, recomendándome prudencia a la hora de interpretar
los textos ya que no podía garantizar su exactitud. Leí ávidamente. Los cinco símbolos,
como ya había sospechado, eran señales o hitos que conducían al
encuentro final con la xana y cada uno de ellos representaba una prueba;
después de superadas, la xana, una vez libre de su encantamiento,
entregaría su amor y sus riquezas al mortal que lo consiguiera. Cuando acabé de leer
aquellos folios, sin embargo, noté una cierta sensación de abulia: ¿cómo
había llegado hasta aquí?, ¿cómo podía ser tan cándido? Una cosa
era haber estudiado Historia y Sociología y querer hacer una tesis
sobre los mitos de Asturias y otra muy distinta ir por la noche a la
Cueva del Lloro a la búsqueda de una xana, como si las pesadillas de un
inglés, por muy atractivo que fuera su diario, pudieran tener algo de
realidad científica. ¿No estaría perdiendo la razón yo también?,
cavilé mientras el diario de cuero parecía decir
«ven, cógeme, léeme…»,
desde la mesa; otra explicación no había para mi conducta, pero la
fuerza de aquellas páginas me subyugaban como si fueran una droga. Sentí que era el momento de
tomar una decisión. Me levantaría, tomaría el diario y lo dejaría en
el rincón más apartado de mi biblioteca, para que esperara a otro
lector; ambos espiaríamos mi pecado: él en la soledad de un estante y
yo recordando su historia y los dibujos de la xana, pues las cosas que
se desean y no se consuman dejan un poso de amargura muy fuerte en el
corazón. Maldito diario, pensé por primera vez, me has invadido
dulcemente con promesas de grandes revelaciones y sueños de conquista
de lo hasta ahora inédito y, empero, soy tu esclavo pues pienso a todas
horas en tus perversas páginas. ¿Me habría enamorado de la fábula?
Un hombre culto como yo, educado en Salamanca y Madrid, ya casi doctor,
mirando un par de letras plateadas como se puede observar a una mujer,
con el mismo deseo de percibir, agarrar, halagar y satisfacerse, ansioso
por volver a acariciar la aspereza del recio papel y examinar una y otra
vez los dorados cabellos, los ojos verdes y el largo y recto cuello de
los dibujos de la pequeña diosa. Me levanté del sillón y tomé
el libro. Juro que sentí una profunda conmoción de placer y que algo
parecía llamarme desde un lugar muy cercano, tan próximo que miré en
torno a mí buscando a alguien más en la habitación. Volví a
conmoverme: el diario me amaba.
Un lobo aulló en la lejanía,
probablemente desde el pico del Turbina, y acaricié la culata del revólver
del treinta y ocho que me había echado a la cintura poco antes de salir
aquel atardecer hacia la Cueva. La noche hacía ya tiempo que se había
cerrado sobre mi cabeza e imploré para que el cielo siguiera despejado,
pues en breve aparecería la Luna llena y era condición obligada para
la invocación que durante algún tiempo su luz alumbrara la tierra; las
estrellas, mientras tanto, intentaban iluminar con su chispeante luz el
estrecho sendero por donde caminaba hacia la Cueva, aunque ahora no las
podía ver deslumbrado por la luz del farol. Llegué a la entrada de la
Cueva unos minutos después de que sonara el inquietante aullido y la
bordeé por la derecha para poder ascender hasta el prado pedregoso
rodeado de castaños, que tantas veces había dibujado Wallcott. El
camino para llegar hasta la Cueva no es desconocido: todo el mundo sabe
en Nueva y su comarca de la fuente mágica, cuyas aguas habían fluido
durante muchos años hasta el profundo pozo que se perdía en la sima,
para quizás desembocar después en el mar; allí había comenzado su
aventura el inglés, pero cuando estaba lleno a rebosar de la límpida
agua que manaba entonces desde una roca cercana. El pozo
estaba parcialmente tapado por ortigas y breñas y el cauce por
donde había discurrido el agua, había desaparecido; la cercana roca
estaba ennegrecida por líquenes y musgos y surgía desde las entrañas
del prado como un menhir que practicara una peculiar acupuntura a la
Madre Tierra. Me senté ante el pozo y apagué el farol a la espera de
que saliera la Luna, Diana la llamaba el viajero inglés en su diario, y
me sentí algo ansioso pero al mismo tiempo seguro de que recordaría
los cinco conjuros que había aprendido al milímetro, durante los días
de espera hasta que se diera el plenilunio. Nunca la Luna llena me pareció
tan bella. Esperé unos minutos a que el tono rojizo de Diana se hiciera
un poco más blanco y me levanté situándome ante la negra oquedad. El
primer conjuro tenía como misión hacer creer a la xana que era la
noche de San Juan, pues de no ser así no saldría hasta el amanecer;
inspiré fuerte y comencé a recitar el viejo gaélico procurando
hacerlo con la mejor dicción posible. Mi voz me pareció extraña,
distante, como si fuera el eco de algo que ya había ocurrido en el
pasado y que regresaba serpenteando entre las hojas de los oscuros castaños,
a caballo de la suave brisa que se había despertado de pronto, para
sumergirse en el pozo después de haber acariciado la roca de la fuente.
Quizás nadie me crea, pero
aquel eco de palabras de tiempos pretéritos comenzó a repercutir en lo
más profundo del pozo, hasta que se transformó en un burbujeante
sonido y más tarde en un alegre fluir de agua que como torrente comenzó
a ascender llenando, hasta la boca, la fosa, ahora convertida en un
pequeño estanque que cada vez tenía una superficie más límpida y
tranquila; la Luna iluminó el agua y los suaves rizos de la superficie
formaron con claridad el primer símbolo dibujado por Wallcott en su
diario. ¿Era verdad? Aquello no era
una pesadilla, era cierto, tangible pues me agaché ante el borde y metí
una mano en la fría y ahora tranquila agua, incrédulo ante el milagro.
Durante un par de minutos, atónito, extraviado, agité mi mano bajo la
gélida superficie sin saber que hacer; todo mi mundo se venía abajo:
conocimientos y creencias se pulverizaban ante la atónita mirada de mi
alma, mientras que la luz láctea de la Luna arrancaba fulgores del agua
que acariciaba mi piel. ¡Era verdad; el diario y los conjuros eran
ciertos!, y yo había querido arrinconar aquella maravilla; sentí ganas
de llorar, de reír, de correr y contar a todos que existían otros
mundos, que la xana existía, y aquella explosión de sentimientos me
hizo superar el desconcierto El segundo conjuro iniciaba
el desencantamiento de la pequeña hada. Las instrucciones del diario
indicaban que mientras se recitaban las frases había que arrojar a la
fuente un paño de lino de tres por dos metros para que la xana se
pudiera vestir, y así lo hice. Nuevamente las palabras del conjuro
parecieron acariciar el prado y los árboles mientras el paño comenzaba
a hundirse en el agua, que comenzó a agitarse nuevamente. Poco después,
restos de la tela flotaban en la superficie y formaban el segundo de los
símbolos que tan bien recordaba; ansiosamente aclaré la garganta para
recitar el tercero mientras sacaba del bolsillo el pañuelo, de fino
hilo y bordado con primor, que debería entregar a la xana pero con mano
distinta a la que ella me dijera. ¿Aparecería por fin el maravilloso
ser? Un remolino respondió a la
nueva recitación, mientras apretaba el pañuelo en mi mano. Los círculos
de la espiral, casi perfectos, daban una paradójica impresión de
quietud casi hipnótica y formaron el tercer dibujo del diario. ¿Qué
mano correspondería utilizar?, nada indicaba cual me solicitaba la xana
que, infortunadamente, seguía sin mostrarse. Pensé desesperadamente
hasta que recordé que el dibujo lo mostraba girando en el sentido de
las agujas del reloj, es decir, hacia la derecha; cambié el pañuelo de
mano y lo arrojé al centro del remolino, adonde llegó una eternidad
después. No todo estaba en las páginas
que tan bien recordaba, así que vi como las aguas volvían a calmarse
con el corazón encogido: ¿habría llegado tan lejos para fracasar en
mi empeño? Exploré la superficie del agua ansiosamente pero no se
percibía nada, así que introduje otra vez la mano en el pequeño
estanque; el agua estaba quieta, algo más oscura pues la luna había
desaparecido tras una nube, pero tremendamente quieta: ¡la xana se había
ido! ¡Me había confundido al arrojar el pañuelo y mi diosa se había
marchado! Me levanté casi llorando y las gotas que resbalaron desde la
mano parecieron lágrimas al caer sobre el estanque. Durante unos
desesperados momentos casi llegué a la conclusión de que debía de
marcharme, pues no podría soportar el ver como el pozo volvía a
secarse, cuando me di cuenta que había metido en el agua la ¡mano
derecha! Tenía una segunda oportunidad, si la xana lo deseaba y
perdonaba mi error. Cuando introduje la izquierda
en el agua, la misma con la que había lanzado el pañuelo, sentí casi
al instante una suave presión en los dedos y sintiendo como me galopaba
el corazón tiré hacia arriba con fuerza. La diosa había perdonado mi
error pues el negro fondo del estanque se iluminó de un color amarillo
pálido, y desde sus profundidades emergió ella lentamente, más bella
aún que en los dibujos del inglés, con sus largos cabellos de oro
delicadamente sujetos por una fina cinta con pequeñas perlas; tenía
las mejillas arreboladas y sus ojos de un purísimo color verde me
miraban, ¡a mí! Caí de rodillas, pues las piernas me temblaban
poderosamente ante la majestuosa, pero escalofriante aparición. La xana se acercó hacia mí
casi flotando sobre sus pequeños y desnudos pies. El agua que la cubría
había desaparecido por completo y el áureo cabello iluminaba ahora su
sereno rostro. Me levanté y contesté que sí,
fervorosamente: era tan bella, tan chiquitina.
La xana calló durante un
tenso instante y luego extendió su mano hacia mí. Cuando la estreché
sentí una conmoción parecida a la que me había transmitido el diario,
pero mucho más poderosa: millones de pececillos navegaron apresurados
por mis venas, mientras me conducía hacia el pozo que comenzó a
iluminarse poderosamente. La xana se introdujo en el agua, que ya parecía
oro líquido, y tiró de mí para que la siguiera. El agua ahora estaba tibia y
yo no tenía ya ningún miedo. Ni siquiera cuando la fuerza de aquella
deliciosa mano me siguió empujando hacia el fondo sentí que me fuera a
pasar algo, tanta era la pasión que me embargaba. Unos finos dedos
comenzaron a acariciarme por dentro y sentí como los pulmones
respiraban el agua como si fuera el aire más puro. Llegamos a una parte
en donde el pozo se ensanchaba y allí mi diosa se dio la vuelta; los
largos cabellos flotaban en el agua rodeados de puntos luminosos que los
peinaban con primor y sus ojos se tornaron ovalados, como los de un
gato: su belleza era ya insoportable. Me ofreció entonces un hilo de
oro finísimo y sentí que tenía que formar con el un ovillo. La xana desapareció cuando
empecé a estirar del hilo para comenzar a hacer la madeja, pero no me
preocupó: seguía allí, rozándome por dentro con aquel terciopelo,
tentando cada músculo, cada hueso, cada célula de mi cuerpo. El ovillo
se hacía cada vez más grande y el hilo seguía fluyendo desde la
profundidad de la sima cuando sentí como la suavidad penetraba en mi
alma, la envolvía, y la
xana me contaba cosas: su soledad terrible en aquella cueva, su deseo de
tener un hijo. Me pidió entonces que le dejara mi alma para poderlo
concebir y me susurró que no moriría, que sería casi inmortal y mi
vida con ella sería maravillosa. Y entonces tuve la duda.
Entregar mi alma… algo se rebeló dentro de mí, una vacilación
terrible me asaltó: ¿y si no fuera así?, ¿y si ella no decía la
verdad?. Recordé entonces las últimas y temblorosas páginas del
relato de Wallcott y, sobre todo, el momento en que relataba el terror
que padeció cuando su alma desapareció y aún estando vivo se encontró
respirando sin sentir nada y mirando sin ver cosa alguna en la
profundidad de un lugar ignoto. Ahora lo entendí. Sentí miedo como él;
un pavor que no se puede describir y el hilo comenzó a ponerse tenso.
Pero, ¿y si decía la
verdad?; hasta ahora no me había hecho daño alguno. No tenía por qué
mentir; mi hada no podía hacerme eso. La suavidad, no encuentro otra
palabra para definir aquello que susurraba dentro de mí, redobló sus
caricias y el hilo fluyó de nuevo. Me quería, estoy seguro que me quería
y comprendía mis dudas. Esperaba, como todos los amantes esperan el
momento de la llegada del éxtasis, retozando lentamente entre los
pliegues de mi cuerpo y musitando mágicas sensaciones de deseo dentro
de mí. Wallcott, como te odio, pues
dejaste bien clavadas la duda y el miedo dentro de mí, ya que no pude
resistir el pánico que se me despertó de nuevo cuando volví a
recordar que podía enfermar como el inglés, para quizás morir luego.
Fui otra vez cobarde y el miedo comenzó a separarme de la xana que
lloraba dentro de mí, haciendo que padeciera un sufrimiento
insoportable. El hilo se tensó fuertemente y la madeja que había
formado comenzó a escaparse de entre mis manos, pero yo me resistía a
que ella se la llevara. Quise hablar y no pude pero le gritaba a la xana
que no me dejara, que podíamos seguir juntos sin que se me llevara el
alma. Entonces el hilo se rompió. Estoy seguro que nadie ha
escuchado en este mundo algo parecido al grito de desesperación del
hada en mi alma. La luz que iluminaba el pozo desapareció bruscamente;
el agua se volvió gélida y comencé a ahogarme, mientras algo viscoso
tiraba de mí hacia las profundidades. Pateé exasperadamente para
librarme de aquel abrazo mortal que me arrastraría hasta el fondo de la
sima, rodeado de una negrura que aún me estremece recordar pues
presiento que es la que me espera en el momento de la muerte, y una de
las piernas se empotró en una grieta de la pared de aquel abismo. Lo último
que recuerdo es el dolor que me subió como un relámpago por todo el
cuerpo, cuando el hueso se partió. Me encontraron día y medio
después a tres metros de profundidad dentro de la sima, con la pierna
rota y principio de pulmonía, gracias a que pude balbucir una respuesta
cuando me despabilaron los gritos de la partida de búsqueda que habían
organizado mis padres y mi tío por aquellos parajes. Me salvaron la
vida un comentario que hice a Ramón sobre mi interés por la Cueva y la
potente voz de aquel pastor de Nueva retumbando dentro de las paredes de
la fosa, ya seca. Ahora soy ya doctor, y sigo
escribiendo en el diario de tapas de cuero mis recuerdos sobre la
segunda experiencia de un hombre con una xana. El cuero y sus hojas, ya
no me aman, están muertas y secas y nunca sabré que representa el
quinto símbolo y que le pasó a Wallcott, después de que superara la
prueba del hilo de oro. Mi hada seguirá esperando a
alguien para tener un hijo que acabe con su soledad, pues el inglés
tampoco pudo conseguirlo, aún cuando llegó mucho más lejos que yo en
su ansia de amar al maravilloso ser; su diario me abrió y, al mismo
tiempo, cerró las puertas del estanque mágico y por eso le odiaré
siempre. Desde entonces, he vuelto
muchas veces a la fuente seca para recitar los embrujos aunque de manera
vana, esperando que se repita la magia del agua y con ella de nuevo
aparezca etérea, dorada y hermosa, la xana, y perdone mi miedo y mi
traición.
Los más viejos del lugar
dicen que los barrenos que metieron para construir la carretera de la
Sierra Plana secaron la fuente, pero para mí que no, que dejó de manar
el agua porque John Wallcott, el inglés, se la llevó toda en el alma. Y en cuanto a mí, sólo me
queda el sufrimiento de haber deseado tanto una cosa y no haber podido
acabarla. ©
Pedro
M. Martínez Corada |
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Aullidos lejanos — Revista Heterogénesis (Suecia)
Treinta años después — Revista Proyecto Patrimonio (Chile)
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El tesoro oculto — Wemilere de las Letras, de Rosa Elvira Peláez (Argentina)
Gelatina de vermú — Revista El Interpretador (Argentina) / Narrativa — Nº 4 JULIO 2004
Ahora que te vas — Hostería de la página del escritor Norberto Luis Romero
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