
Fuga al paraíso
Fernando G.
La infancia es la única patria común y verdadera.
Son las seis de la mañana y la
calle principal está llena de gente, casi todos hombres, que esperan en una
tensa expectación... Los veo desde lo alto del balcón de la casa de mi abuela, a
la débil luz de las farolas, arrimados a las paredes encaladas, hablándose unos
a otros en voz alta y palmeándose los hombros como para darse ánimos. El
estampido del cohete avisa de que ya vienen desde la dehesa boyal por las eras.
Un redoble de caballistas, arrastrando las garrochas, precede a los primeros
corredores que llegan pidiendo paso. Por fin, aparecen los cabestros haciendo
sonar sus graves cencerros y, arropados entre ellos, los toros negros, como de
tinta, todos galopando con estruendo de pezuñas en el empedrado. Los que ocupan
la calle se ponen en movimiento y en el amanecer hay como una experiencia
atávica y repetida: se mueven hacia la plaza, primero andando, después a la
carrera con gritos arrebatados. Y más vaqueros a caballo que empujan la manada
dejando tras ellos un hueco de silencio y el olor conocido a cagajón reciente.
Algunos, más medrosos, no han corrido delante de la torada y descienden de las
rejas a las que se habían encaramado. El escalofrío de la madrugada me provoca
un estremecimiento. Mi abuela nos arrastra hacia el tibio interior: bueno, ya
han pasado otro año y quiera Dios que no haya ninguna desgracia...
El niño vivía dos o tres meses con sus abuelos, lejos de la
ciudad y de la competencia con los hermanos. El niño tenía por entonces entre
siete y ocho años y todavía no sabía que era feliz a veces. Aquí era él solo a
recibir atenciones y cuidados, le permitían andar a sus anchas, en la casa y por
la calle. En la tienda de Luis Moreno y su hermana Vicenta, ultramarinos finos,
siempre había un aroma complejo y agradable a dulces, a bacalao, a esparto, a
vino y aguardiente del granel. Conocía a muchos y a él lo conocían todos como el
nieto de su abuelo. Ahora tiene que volver a la cama grande de hierro y doble
colchón de lana y esperar la hora del desayuno para después acudir a la
procesión del Santo Patrono. Hoy es día de fiesta grande y en el aire se percibe
desde primera mañana el aroma a churros recién hechos, el doblar de campanas y
el olor a la pólvora de cohetes y petardos.
Me han arreglado con el traje y los zapatos de los domingos
para ir a la iglesia con los abuelos y los tíos. Yo hubiera preferido hacer otra
cosa, pero no me puedo negar porque ellos me tratan muy bien y me quieren. Y,
además, no serviría de nada. El cura desde el púlpito habla y habla de la
sabiduría y de los milagros del santo y, aunque está tan cerca, sus palabras me
vienen muy lejanas. La iglesia me aburre y hace calor. Mi tía se refresca con el
golpeteo del abanico abierto en el prendedor que lleva sobre el pecho. Me
gustaría estar en la plaza y por las calles con los otros, aunque fuera con el
traje de los domingos, y no aquí mirando al techo abovedado. La imagen del
patrono es pequeña, mezquina, y, sobre las andas, espera el momento de la
procesión vestido de obispo con barba y tiara, y me mira con severidad porque
sabe todo lo que estoy pensando. La tía: ten compostura en la Casa del Señor y
siéntate bien. Con las propinas me compraré un helado de limón y chicles bazooka.
El niño, que leía tebeos de aventuras marineras junto al
balcón en la penumbra de la sala, aún no conocía el mar, ni siquiera sospechaba
lo que la vida le depararía. Desde el piso de abajo las voces de los mayores le
llegan con claridad, tan cercanas que entiende todo lo que hablan.
Conversaciones en que se trata de sus padres o de familiares ausentes o de la
gente del pueblo. Cuando él aparece todos se callan, como pillados en falta y
esperan a que se vaya para continuar murmurando.
—La Mercedes siempre ha sido un pendón, enredada con unos y
con otros y todo el mundo sabe que el padre del niño es el médico nuevo.
—En la fábrica andan revueltos con eso de que van a despedir
a cuatro o cinco después del verano.
—El maíz y las judías del Toconal necesitan más agua, o se
riegan o se pierden...
—A Isabel le deben quedar tres semanas para dar a luz. Dios
lo haga y todo salga bien. Sentía una intensa punzada de no sabía qué al pensar
en ese hermano que iba a nacer en la ciudad y el dolor se le hacía imposible si
faltara mamá. Morir. Por la calle alborotada de fiesta traen entre varios el
cuerpo de Casio, el de la Nieves, la cara y el pecho cubiertos de sangre, y lo
meten en la casa del médico mayor.
—Una pelea, ha sido una puñalada en una pelea.
—No, no. Un toro del encierro, junto al Ayuntamiento.
—Que no, que no. Se ha caído del caballo por hacer el loco yendo
tan borracho.
Creía que los mayores lo sabían todo y que todo lo podían,
que no sentían miedo a la soledad y al abandono, que no padecían la angustia de
buscarse a sí mismos, que no eran esas pobres criaturas que viven en la
indecisión. Ya tendrá ocasiones para aprender. ¿Qué habrá sido del Casio, el de
la Nieves, matarife y capador de guarros?
En mi infancia no hubo ni malos tratos, ni hambre de
posguerra, ni padre alcohólico, ni terribles dramas familiares. Mi infancia fue
feliz. Todos me querían y me trataban bien: cuando mi abuelo me enviaba con el
ABC de la suscripción a la casa de don Marcelo, el párroco siempre me daba
alguna golosina o frutas: toma, Luisito, ¿te gustan las pavías?, y saluda a tus
abuelos de mi parte. Y volvía a mi casa con el Pueblo bajo el brazo. Yo
los quería a todos. Mi abuela: no debes beber con la boca llena, no te metas en
las conversaciones de las personas mayores, ¿te has lavado los dientes?, reza
antes de dormir. Estábamos en mitad del verano y yo no soportaba que llegaran
tan pronto las Navidades. No me gustaba su olor.
El niño se refugia en la infancia. Una fuga a la arcadia
feliz. Ya cercana la noche, la excitación se amengua: los toros han campado con
descaro por las calles del pueblo embistiendo a todo lo que les llama o han sido
muertos a espada en la plaza de carros y talanqueras: se comenta en los bares la
cogida del maletilla, no le ha hecho nada, anda que no tenía jindama el gachó,
sólo le ha destrozado los calzones, y los lances más lucidos de Carnicerito de
Méjico, torero viejo y asiduo en las capeas del pueblo. Al último toro lo ha
tenido que fusilar un guardia civil porque los matadores no se atrevían con el
bicho, un marrajo de cuenta que sabía hasta latín. Todo entra en el festejo. Los
más jóvenes con sus galas de estreno y la ilusión, quién sabe, se encaminan al
baile. Las muchachas en grupos, cogidas del brazo y oliendo a lavanda o a
embrujo de sevilla, ríen sin saber por qué, llenas de esperanza. Los mozos van
detrás y las requiebran con el cigarrillo en los labios y las manos en los
bolsillos del pantalón, afectando seguridad. —¿Te has fijado en lo buena que
está la Vicenta Moreno y el pandero que se usa? Otros cantan flamenco en la
taberna del Rana con la guitarra apoyada en el pecho y cara de mucho sentir.
Algunos más mayores recorren con el paso vacilante aquellos chamizos en que
seguir bebiendo el aguardiente de los infortunados. La señorita Julia, belleza
frágil de pura raza, soporta llena de congoja, desde el mirador acristalado de
la casona, la soltería impuesta por un padre severo y exigente.
—En estas fiestas se bebe mucho.
—Y si no hay fiestas también, que es un pueblo de mucho
vicio. Si lo sabré yo.
—Y se quejarán después si ocurren descalabros... Y eso por no
hablar de las mujeres y el baile hasta las tantas.
El festejo se prolongará hasta el amanecer. Esta noche los
abuelos tienen como invitados a doña Amelia la maestra y a su marido el
concejal, y en la cocina se nota un trasiego infrecuente a estas horas. En el
sueño, San Buenaventura, con la barba negra y su traje de obispo con el gorro en
punta, trata de jalarlo de su gran cama de hierro en la densa oscuridad de su
enorme habitación, y él se defiende y se tapa hasta la cabeza a pesar del calor
que lo sofoca.
La casa está en silencio y por las rendijas de los postigos
se cuela una pizca de claridad. Debe ser muy temprano. Me asomo con cuidado y
por la calle pasan bultos adormilados que hablan en voz baja. Descalzo siento el
relente como un escalofrío. El carro de la basura rebota en las piedras mientras
va recogiendo los desechos de la fiesta y los más madrugadores se dirigen a las
faenas del campo. Está amaneciendo. Pronto la abuela y la Andrea trajinarán
preparando los desayunos y la casa se irá animando con los ruidos y los olores
familiares de todos los días, a pan tostado con aceite, a leche hervida, a café,
y el ras ras del escobón en las guijas del corral. Y ya podré jugar con los
otros muchachos al toro y a las chapas en la plaza, bañarme en una poza del río
o pescar en la represa de la aceña, pararme en donde el zapatero remienda los
calzados y se oye la radio y mirar con atención cómo hierran a una mula en la
puerta de la herrería. Y quedarme embelesado ante la señorita Julia cuando me
lleva a su casa para obsequiarme con esas pastas tan buenas que ella misma hace.
Y no tendré que ponerme el traje nuevo hasta el domingo para la misa mayor. Da
la una en el reloj de la iglesia, es la hora del almuerzo y debo volver a casa.
Mi abuela: no te hurgues la nariz, lávate las manos antes de comer, da siempre
las gracias cuando te ofrezcan algo, reza tus oraciones. Y mañana, al clarear,
me voy a la trilla por toda la jornada. Yo era feliz porque todos me querían,
también mis padres y mis hermanos aunque estuvieran lejos. ¿Qué habrá sido de la
señorita Julia?
El niño sentado frente a la pantalla va inventando la
infancia a medida que repica en el teclado del ordenador. Un punto, una coma, la
tilde de un acento. Una frase. Un olor. Las cosas no sucedieron sino como las
queremos recordar. Y el niño recupera la niñez como una isla de beatitud en
donde lo evocado le ayuda a sobrevivir. Vivir. Y sé que tú me vas a decir que
por eso me siento y escribo lo que hasta aquí has venido leyendo.

________________________
Este relato obtuvo el 1er. Premio en el
I Certamen
de Cuentos «Almiar».
FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez Corada
© DERECHOS RESERVADOS

LITERATURA
l
ARTE l
FOTOGRAFÍA l
REPORTAJES