Nos
encontramos
en
el
momento
justo
que
todos
tenemos
cuando
creemos
que
queremos
estar
tranquilos
para
pensar,
estar
solos,
reflexionar
sobre
nuestras
vidas,
tomar
decisiones,
etc.
En
realidad
no
queremos
nada
de
eso,
ni
pensar
ni
reflexionar,
ni
decidir,
ni
siquiera
estar
solos.
Nada
mas
queremos
algo
distinto.
¿Emociones
tal
vez?
Es
más
bien
como
una
parada
en
el
camino
y
luego
seguir
con
la
rutina
de
siempre.
Coincidimos
en
la
misma
mesa
para
almorzar,
en
la
pensión
que
había
elegido
como
refugio
por
unos
días.
Me
miraba
fijamente,
su
insistencia
me
ponía
nerviosa,
pero
me
gustaba,
por
fin
me
estaba
pasando
algo
distinto.
Sus
ojos
cafés
fijos
en
los
míos
de
mirada
penetrante
y
sonrisa
irónica.
Empezamos
a
hablar
a
la
vez,
atropelladamente
los
dos,
y
también,
por
eso
nos
reímos
a
la
vez.
Y
así
fue
como
sin
proponérnoslo
iniciamos
una
relación
loca
y
maravillosa,
un
poco
salvaje,
pero
también
serena,
como
una
tormenta
en
la
calma
y
una
calma
súbita
en
medio
de
la
tormenta.
Así
me
sentía
yo.
Inventábamos
y
practicábamos
historias
de
amor,
poemas,
juegos,
pasábamos
horas
enteras
hablando
sin
tocarnos
y
otro
montón
de
horas
abrazados
en
silencio,
entre
gemidos,
susurros,
y
crujir
de
cama,
perdidos
en
una
pasión
tierna
y
profunda,
sumergidos
continuamente
en
esos
mundos
de
juegos,
sueños
y
realidades.
Yo
estaba
conociendo
un
estado
nuevo
que
me
hacía
sentir
mejor,
distinta,
viva.
Llena
de
energías
renovadoras.
Aunque
la
inquietud
constante
de
ese
hombre
me
desasosegaba,
me
hacía
pasar
de
la
tranquilidad
y
confianza
total
a
la
ansiedad
y
dudas.
Su
mente
funcionaba
incansablemente,
atormentado
quizás
por
qué
problemas,
¿sería
así
su
forma
de
amar?
Con
miedo,
desesperanza.
Pero
con
ternura,
su
búsqueda
de
cariño
y
olvido
era
evidente.
Llevaba
las
situaciones
al
límite,
jugando
con
el
peligro,
poniendo
a
prueba
a
los
demás
y
a
sí
mismo.
En
todo
caso,
me
atraía
eso,
la
forma
de
arriesgar
la
relación,
yo
seguía
su
ritmo
viviendo
el
momento,
sin
mi
participación
nada
habría
pasado.
Las
causas
de
su
conducta
se
escapaban
a
mi
interés.
Me
gustaba
así.
Sin
explicaciones.
Llegó
el
momento
de
la
despedida,
con
la
promesa
de
reencontrarnos
al
año
siguiente.
Cuando
llegó
la
fecha
fijada,
ahí
estaba
esperándome.
Vino
a
mi
encuentro
y
me
dijo
que
había
sido
una
estupidez,
que
me
olvidara
de
todo,
y
que
si
no
me
gustaba... mala
suerte... y
que
me
fuera
por
donde
había
venido.
Me
sentí
fatal,
no
pensé
en
nada,
solo
sentí
una
vergüenza
tremenda.
Se
me
hizo
un
nudo
en
la
garganta,
cogí
mi
mochila,
me
di
media
vuelta
y
me
fui.
El
autobús
siguiente
lo
tenia
para
dentro
de
dos
horas.
Miré
hacia
atrás
para
mirarlo
por
última
vez
y
despedirme,
pero
en
vez
de
eso
solo
me
nació
decirle
que
era
una
asqueroso
cabrón.
No
estaba
enojada,
solo
dolida,
bueno,
no
es
verdad
estaba reenojada...,
pero
también
dolida.
Pero
no
lloré.
Seguí
andando
hasta
la
estación
me
senté
con
una
revista
a
tomar
una
cerveza,
quería
olvidarlo
todo,
no
quería
pensar
en
lo
que
acababa
de
pasar,
ni
en
lo
que
había
vivido
hacía
un
año.
Cuando quedaban 15 minutos para montar en el autobús, me levanté y me fui acercando al grupo de gente que esperaba para subir...
De pronto sentí que alguien me cogía
por detrás, hundía su cara en mi cuello, me estrechaba por la cintura, me
levantaba en vilo dándome media vuelta en el aire. Cuando me dejó en el suelo me
hizo girar y me dio un abrazo bestial. Era él. Ese loco ocurrente, había sido
otro de sus golpes de ingenio (aunque más bien bajo). Después de eso supe que mi
vida con él sería así, como en una montaña rusa, llena de emociones, con
altibajos, disgustos y alegrías que solo a un bellaco malvado incorregible se le
ocurrirían. Hasta que encontrara la serenidad, la seguridad en si mismo y la
confianza en el amor..., pero ¿podría yo soportarlo?...
sí,
sin
lugar
a
dudas,
hasta
el
final...
FEDORA
VEGA
GARCÍA
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