El único
recuerdo
que
guardo
de
mi
adolescencia
es
el
revólver Colt,
cromado,
calibre
38,
que
mi
tío
me
dejó
como
herencia
junto
a
una
cartuchera
de
pecho,
cuyas
correas
daban
dos
vueltas
alrededor
de
mi
cuerpo,
por
entonces
con
menos
músculos
que
hoy
y
con
más
huesos
por
las
privaciones
de
la
vida.
Con decir que dormía armado, lo digo todo.
Por las mañanas, al despertar con los gritos de mi madre, jugaba con el
revólver, contemplándolo contra la luz que penetraba por la ventana. Vivía
obsesionado por su forma y tamaño, sin comprender cómo un objeto maravilloso
podía trocarse en peligroso. Acariciaba la culata, hacía girar el tambor contra
la palma de la mano y me apuntaba el cañón contra la sien, como quien jugaba a
la ruleta rusa.
—¡No
te
apuntes
así,
porque
eso
que
tienes
en
las
manos
no
es
juguete!
—gritaba
mi
madre
desde
más
allá
de
la
puerta—.
Así
se
apuntó
tu
tío
y
así
lo
mataron.
Un
disparo
en
la
cabeza
acabó
con
su
vida…
Entonces
yo
retiraba
el
revólver
de
mi
sien
y
apuntaba
contra
la
pared,
imaginándome
que
de
un
balazo
hacía
volar
por
los
aires
el
sombrero
de
mi
adversario.
Después
soplaba
el
humo
del
cañón
y,
haciéndolo
girar
en
el
dedo,
como
lo
hacían
los cowboys,
lo
enfundaba
en
su
cartuchera
de
cuero
negro.
A
veces,
sin
ponerme
siquiera
los
pantalones,
me
acercaba
hacia
la
ventana.
Apuntaba
al
primer
peatón,
simulaba
el
estampido
de
las
balas
con
la
boca
y
descargaba
los
seis
tiros,
mientras
adentro,
en
la
cocina,
se
escuchaba
la
voz
de
mi
madre,
hablando
consigo
misma
como
todas
las
mañanas.
Con
el
tiempo,
el
revólver
se
convirtió
en
un
amuleto
contra
los
peligros.
En
su
presencia
me
sentía
más
valiente
y
seguro,
hasta
que
un
día,
mientras
yacía
todavía
en
la
cama,
el
revólver
apuntado
contra
mi
sien,
presioné
el
disparador
sin
quererlo
y
la
bala
me
atravesó
de
lado
a
lado.
La
sangre
manó
a
chorros
y
la
vida
se
me
atascó
entre
las
paredes
del
pecho.
Cuando
mi
madre
volvió
del
mercado
y
presintió
que
yo
seguía
en
la
cama,
mirando
el
techo
desde
el
punto
de
mira
del
revólver,
asomó
la
cara
hacia
la
puerta
y
dijo:
—Hora
de
ir
al
colegio…
Escuché
la
voz
como
en
sueño,
me
aferré
al
revólver
como
un
niño
que
se
abraza
a
su
muñeco
de
peluche
y
me
dispuse
a
enfrentar
la
muerte,
con
el
revólver
cargado
por
las
manos
del
diablo.
Mi madre, molesta por mi silencio, entró en
el cuarto. Puso a prueba su autoridad y decisión irrevocables, y dijo
enérgicamente:
—¡Deja
ya
de
jugar
con
el
revólver
y
hacerte
el
muerto!…
Mas
al
ver
un
reguero
de
sangre
que
se
perdía
entre
las
tablas
machihembradas
del
piso,
pegó
un
grito
al
cielo,
tembló
como
gelatina
y
repitió
entre
sollozos:
—¡¿Qué te
dije?!… ¡¿Qué te dije?!…