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Cuentan las palomas y
recuerda el mar
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Rodolfo Carmona
Viene el
horizonte cargado de lluvia, a voz de trueno reclama su trono de agua en
la mañana. La tormenta ha llegado cuajada de rayos, rasgando el cielo con sus
filos de luz, rompiendo el aire con el estrépito fugaz y atronador de su
garganta.
Entona ya la borrasca su canción milenaria, su
balada de amor sobre la tierra mojada. Y sobre esa tierra burbujea el agua su
baile sonoro, su coreografía de vida alborotada entre las flores y la piedra. Es
todo ya una novela de amor imposible, unos besos furtivos al abrigo helado de la
oscuridad, una humedad que se sueña infinita y que morirá mañana junto al barro.
Cuentan las palomas que ya no se escriben cartas
los amantes, que ya no siente placer el viento en los rosales, que hormiguea el
desamor en los pulmones de la gran ciudad y que anda el mundo lleno de gente que
cree saberse toda la jugada. Y ríen las palomas porque saben que los dados de
dios están trucados, que siempre sale la nada en el tapete verde de la vida.
Avisa el lavavajillas el final de su faena. Y
responde la tormenta con un quejido bronco que hace temblar los ventanales. Se
mezcla lo cotidiano con lo inesperado. No aguarda la existencia por nada ni por
nadie. O la abrazas, o te quedas fuera.
Cuentan las palomas y se equivocan; como todo el
mundo. Porque aún se escriben poemas los amantes, porque todavía es cierta la
palabra pasión en las esquinas y es posible entrever a medianoche el sexo húmedo
del amor en los cristales empañados de un coche.
La felicidad renueva sus ajuares, sus sueños, sus
disfraces. La felicidad tiene negro el color de su piel y recompone sus
rompecabezas como le viene en gana. Alternando, aquí y allá, luces y sombras,
fanfarrias y silencios, velorios y quimeras; lo azaroso y lo que está condenado
a suceder. Por eso nos parece tan extraña y tan esquiva.
Por eso la felicidad nunca para dos lunes en la
misma casa, nunca sube dos veces seguidas al mismo tranvía; aunque sea un
tranvía llamado deseo.
Besa la lluvia a diestra y a siniestra las
contradicciones de los mil dioses imposibles que crearon un mundo que no les
necesita. Esos mil dioses que se visten con chistera y esmoquin, que adornan sus
manos con diamantes de bisutería, con toda la trampa y el cartón que hay detrás
de cualquier cosmogonía.
Peregrina el silencio entre los acordes de Lenon y
de Bach. Peregrina sin saber su rumbo cierto, como si las cosas que merecen ser
calladas no tuvieran más remedio que dejarse oír en la tormenta, como si
estallaran las cuerdas vocales de un piano gigantesco en Montparnasse, sobre las
terrazas de La Closerie des Lilas o del Dôme, tratando de despertar a cualquier
precio los ensueños de Picasso y de Breton.
A lo lejos guarda el mar todos los secretos, todos
los anhelos de los que se aman junto a él, asomados al oleaje inacabado de su
orilla. Marca la sal como un tatuaje la piel de los amados, como una descarga de
fusil a quemarropa, como un beso lascivo en las ingles de la vida.
Cierra el mar los ojos y recuerda. Recuerda el
horror del 36, las cunetas que manan ahora la sangre del ayer, que supuran los
rencores enquistados. Recuerda los sermones, ese terrible «Dios os perdona el
alma, pero no el cuerpo. Por eso ya no tenéis derechos, sólo os quedan deberes…»
con el que justificaban cualquier aberración contra los vencidos, la toma de
posición de Cristo junto a los vencedores.
No. No podemos huir de los fantasmas del pasado.
Los difuntos del ayer tienen derecho a abandonar la vergonzante fosa común de
una cuneta. Los vivos de hoy tenemos la obligación moral de que lo hagan. Ahora
que no hay buenos ni malos sino —como ayer y hoy y mañana— muertos inocentes;
padres, hijos, hermanos. Ahora que sólo quedan cadáveres que salieron un
amanecer o una madrugada para ser asesinados, para no volver sino convertidos en
huesos, en esqueleto fracturado…en duelo inacabado; en un poema manuscrito de
Lorca.
Recobra aliento la tormenta y grita queriendo
abandonarse a la locura, dejar atrás esa lucidez que se alimenta de sombras, de
no mirar para otro lado. Y grita porque la existencia continuamente nos alcanza
a destiempo.
Y porque los años no sirven al olvido. Y porque
las tragedias invariablemente se viven ayer por la mañana, son fantasmales las
batallas de la Historia; inútiles los esfuerzos por borrar las huellas de la
injusticia, infructuosos los intentos de desdibujar las huellas de los
desaparecidos.
Se aleja la tormenta. Un cielo gris enluta el
mediodía. Quedamos aquí, un rencor sosegado y la certeza de que en cualquier
lugar hay una Plaza de Mayo donde no olvidar, donde no dejar caer el telón de la
amnesia sobre las tumbas escondidas.
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RODOLFO CARMONA nació el 26 de diciembre de 1967 en Torrevieja, España.
Desde siempre ha sentido un fuerte vocación literaria.
Su estilo se nutre de la observación de lo cotidiano. Autor de poesía,
novela, artículos periodísticos se encuentra a gusto en todos los
terrenos. La mayoría de su obra está inédita en formato libro.
Ha publicado en revistas internacionales como el
semestral Universidades, editada por la Unión de Universidades de América
Latina (Udual), el semanario latino de la ciudad de Filadelfia Focus/Enfoque,
así como en publicaciones de ámbito local como los semanarios Vistalegre y
Torrevieja Semanal, en el mensual Siglo XXI, y aparece en la I antología
del Foro Sensibilidades del año 2001 y en Un siglo de Torrevieja editado
por el Instituto Municipal de Cultura «Joaquín Chapaprieta Torregrosa».

De este autor puedes leer también, en Margen Cero,
el artículo
Confesiones
a destiempo y el relato
Instantes.
FOTOGRAFÍA: Estela P. Gragorietti Della
Mattia (participante de la
3ª Muestra de Fotografía Almiar)

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