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La una y mil noches
Alejandro César Álvarez
Desde las copas
de los árboles
los pájaros sacuden su vigilia en direcciones contrarias.
En el mar se confunde el canto de sirenas con el grito de las
bestias al parir sus desgarros.
Abajo, una pequeña casa sin patios ni jardines va acumulando
sus ropas sucias con una sed desesperante.
Rash parece enloquecer ladrando al cielo sin saber qué
ocurre, recostándose exhausto a un costado de la cama, jadeante de cansancio.
Entonces, se abrieron los fuegos.
Los hombres gritan y las mujeres lloran. Todo es confusión y
terror.
Por un instante ya no hay más cantos, ni sirenas, ni nada.
Rompe el estruendo. Los niños abrazan los vientres exclamando: ¡Mamá!
Es ahora cuando las mujeres gritan y son los hombres los que
lloran. La naturaleza parece añorar su cordura.
Un olor penetrante e irreconocible ingresa por las pequeñas
ventanas de madera.
Los ojos oscuros y rasgados de una mujer improvisan un cuento
en el que los ángeles se enojan y pelean porque alguien se portó mal.
Todas las noches se repiten idénticas. Un desquicio de una y
mil noches.
Viejas imágenes en forma de hongos se elevan hacia los
infiernos, desde lo más negro e inflamable de los pensamientos humanos.
Por fin y con un gran esfuerzo, amanece.
Nahyra tiene siete años. Sus únicos juguetes son una muñeca
hecha de trapo y papel, además de un pequeño castillito de arena junto a la
puerta del fondo, al que cuida celosamente porque dice que ahí vive el alma de
su papá.
El día transcurre recogiendo los restos de lo que falta. La
puerta de la casa se abre y se cierra hasta el cansancio reconociendo y
reconociéndose en el rostro desesperado de los vecinos.
Al caer la tarde Nahyra toma su muñeca y comienza a rezar
junto a su familia, en tanto Rash observa inquieto todo aquello que se mueva un
poco más allá del techo de la casa.
Ya es tarde y los presuntos ángeles nuevamente se enojan.
Vuelven las sirenas.
En un instante, la luz lo abarca todo. El brillo sobre la
casa se hace cada vez más incandescente y el ruido ensordecedor.
Aquellos ojos rasgados abrazan todo lo que pueden. Nahyra se
ciñe a su muñeca como único refugio y la palabra Dios resuena en todos los
idiomas. Rash con el rabo escondido busca cobijo en las polleras de su dueña.
El castillo y las arenas vuelan por los aires y con todas las
almas. Ya no hay más puertas, ya no hay más fondo, ya no hay atrás. Sólo trapo y
papel emanando humo, aferrados por un par de pequeñas manos inocentes.
Entre tanto en otro lugar de la ciudad, un olor penetrante e
irreconocible ingresa por las pequeñas ventanas de madera. Allí vive Ahmed, que
con sus escasos cinco años, comienza la noche rezando junto a los ojos oscuros y
rasgados de su madre.
Muy cerca de él hay una pelota de goma con la que mañana,
antes de partir hacia la escuela, anhela jugar por un rato con su gatito.
Aunque interrumpiéndolo todo, el resplandor del amanecer hoy
parece haberse anticipado varias horas, más feroz y vertiginoso que nunca,
precipitándose definitiva y rabiosamente esta noche sobre su casa.
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CONTACTO CON EL AUTOR

FOTOGRAFÍA: Pedro M.
Martínez ©

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